S  O  L  E  R  A

Finalista MálagaCrea Literatura 2021

por Ricardo León Cordero

 

Han aparcado un coche frente a mi casa. Está cubierto de polvo y desde el primer segundo soy consciente de que no pertenece a mi vecindario. Lo han abandonado allí, alguien, que tampoco pertence a mi vecindario. Y está ocupando una plaza de aparcamiento en la pequeña callecita sin salida por la que se accede a mi vecindario. Un Celica GTI del año ochenta y nueve, gris oscuro, con un tímido alerón en la retaguardia. Está aparcado frente a mi casa, frente a la ventana de mi dormitorio.

 

 

Hace mucho terral en la Malagueta y espero sentado en el pretil de hormigón que delimita el paseo marítimo de la playa a un conocido que me debe trescientos cincuenta plomos. Los pocos bancos que hay se encuentran parcialmente ocupados y no quiero compartirlos porque no llevo mascarilla y paso de aguantar sermones. Miro mi iWatch sincronizado con mi iPhone X con triple objetivo y cincuenta gigas de memoria, y tengo treinta y dos conversaciones sin leer. Los puntos verdes se acumulan y el conocido en cuestión no ha soltado prenda. Leo por encima los demás chats y guardo el móvil en el bolsillo de mi pantalón de lino y miro hacia arriba, hacia el bloque que tengo delante donde múltiples banderas de España ondean al viento cálido, no se si por fútbol o por la loca ésta de Madrid. La verdad, mis padres no ven el telediario y mi Twitter lleva tiempo sin cantar porque se ha pasado de moda ya y sólo quedan haters. Que si mascarillas si, que si no... Llevo una quirúrgica bien sobada en el bolsillo de mi pantalón Ralph Lauren por si las moscas. Entonces me fijo en un grupo de chicos de mi edad, dos parejas, que arrastran una maleta troler y la meten en la playa, intentando tirar de ella y las ruedas se clavan en la arena y ellos ríen estúpidamente.

      - Eh, Jordi, ¿vas a meterte con las Nikes? - Naikiis, pronuncia uno de ellos.

Los cuatro ríen. Intento flirtear con las dos chicas, pero no pueden verme porque llevo las RayBan puestas y podría estar mirando a miles de cosas en su dirección antes que a ellas. El de la maleta vuelve y se deshace de sus Naikiis, de sus calcetines OBEY, y prosigue arrastrando arena a su paso. Las chicas se han descalzado y los cuatro entran de lleno en la solera malagueña como ingenuas víctimas. Entonces dejo de mirarlos porque pasan cuatro italianos en patinete eléctrico, y una de sus litronas de cerveza Victoria cae y estalla – afortunadamente no me salpica las Vans de noventa y tres plomos -, pero no les importa y ríen y se alejan fugazmente. La cerveza se seca al sol y los viandantes del paseo marítimo la esquivan, algunos con expresiones desagradables en sus caretos buscando en derredor al culpable; a mi no me mire, caballero, yo soy de aquí.

 

Entonces dos jóvenes en silla de ruedas eléctrica pasan por encima de la litrona machacada y los restos de vidrio estallan bajo sus neumáticos. ¿Por qué? Me pregunto. Siguen adelante con el sonido de rotura afilada y peligrosa, asomándose por la borda para apreciar si hay daños en los bajos. Me desespero y le envío el tercer mensaje al fulano al que llevo esperando veinte minutos. Tres chicos jóvenes, que parecen gitanos por su tono de piel, esquivan la litrona. Espero a que la formen, pero al abrir la boca descubro que son armenios (creo). Un bocinazo en la lejanía del último crucero me pega un sobresalto, procedente del Muelle Uno y veo la Farola bien iluminada por el sol, ya dorado, y me pregunto qué estoy haciendo allí, en un verano que no termina nunca.

      - ¡Hola, cosa guapa! - aparece al fin mi cita – Perdona el retraso, querido; estaba entaponao en 

         un atasco y he tenido que bordearlo todo.

      - No pasa nada, si acabo de llegar – contesto y me levanto.

A mis manos se les ha impreso a fuego el negativo del hormión del pretil que separa el paseo marítimo de la playa, y eso me cautiva porque están muy rojas, y éste me habla pero no le escucho. Nos sentamos en una diminuta terraza y no me quito las gafas de sol. Él me lanza un sobre blanco sobre la mesa y yo lo guardo con ansiedad en el bolsillo de mis pantalones de lino, aplastando la mascarilla contra el fondo.

      - Cuéntalo – me dice y pide un agua con gas.

Me giro y pido una caña, aunque no me apetezca nada. Antes de quedar me había dicho que nos tomaríamos unos Martinis en la Malagueta, que invitaba él, pero ya veo que la realidad es bien distinta.

      - Oye, por aquí no pasará la poli, ¿no? - me pregunta girándose hacia la extensa fila de coches

         mal aparcados que hay frente al SARE.

      - Supongo que no – contesto comprobando si tengo notificaciones sin leer en Instagram.

      - Es que lo he tenido que dejar en doble fila, y no me fío un pelo.

      - Imagino – contesto oculto bajo mis gafas de sol.

El camarero trae las bebidas. Pienso en si llevo bien el flequillo y no se me ha deshecho con tanto terral traicionero, quizás tendría que haber puesto un poco más de gomina. Entonces me percato de que me han preguntado algo, pero no estaba atento y respondo que sí. Estudio a mi acompañante, que bebe su agua con gas, y el sudor grasiento se acumula en su pronunciada frente. Veo su nuevo tatuaje, brazo derecho. Está muy bien hecho, se nota que es nuevo por la intensidad de los tonos rojos, pero el que tiene justo arriba me parece una puta mierda. Entonces me fijo en dos chicas francesas tan jóvenes como yo, quemadas de la playa, que caminan por la acera y que tienen tatuajes, ya verdosos y deshechos. En orden de izquierda a derecha: un ancla, un infinito, una pluma con un viejo poema, un número de dos dígitos, en el tobillo una flor hawaiana. La otra chica me la pierdo porque el camarero ha traído unas olivas chupadeos y el tufo me distrae. Tomo un cigarrillo y lo enciendo, esperando a que el camarero me pida que lo apague y hacerme el tonto. Pero no, está distraído viendo el partido de fútbol con la mascarilla a modo de babero.

 

 

Diez minutos después estoy con Germán paseando por el Muelle Uno, bebiendo unos batidos pequeños con mucho azúcar del Dunkin' que nos ha costado cinco con noventa y nueve cada uno, y nos detenemos frente a un inmenso yate negro atracado. El mástil es extremadamente largo, más alto que ninguna otra estructura a la redonda, y me pregunto cómo la tendrá de grande el dueño. Nos hacemos varias fotos jugueteando con las llaves de mi coche nuevo con el increíble yate al fondo, como si fuera nuestro, sonreímos aunque no me quito mis gafas de sol. BUM, doscientos cincuenta y dos likes en Instagram en menos de cinco minutos. Germán sube la foto en modo story, se permite el lujo de acompañarlas con las tomas falsas de la sesión fotográfica express y de un post que ha cazado entre sus seguidores de la importancia de sonreír cada día. Yo comparto las fotos en mis stories. Nos cruzamos con tres inglesas de nuestra edad e intentamos flirtear con ellas, pero no nos ven porque Germán y yo llevamos gafas de sol y podríamos estar mirando a cualquier otra cosa en su dirección.

 

A las doce cierran los pubs y las calles se hunden con una marabunta de guiris alcoholizados. Me meto la mano en el bolsillo del pantalón e intento trincar la mascarilla, pero por miedo a que el sobre con los doscientos cinco plomos – nos hemos emborrachado pagando a base de billetes de cincuenta - se me pierda, prefiero enfrentarme a pecho descubierto al aura cervecil que emana de cada uno de estos desgraciados. Un francés canta algo a gritos de manera muy desagradable a escasos centímetros de mi cara, clamando al cielo y sólo me fijo en su paleta torcida que asoma como punta de iceberg, vaticinando un desenlace de vómitos y resaca. Loo lo-lo-lo-lo loooo loo, berrean. Hay tres alemanes sin camiseta armados con espadas de madera con la palabra MÁLAGA en mitad de la plaza del Carbón, la gente los esquiva manteniendo un estúpido margen de seguridad y una fila de policías en chaleco los observa de brazos cruzados.

 

Al volver a casa en mi Polo color gris ceniza calcinada que mis padres me acaban de regalar, no hay sitio donde aparcar porque mis vecinos son tan maulas que prefieren dejar sus coches a manta descubierta que abrir la puerta de sus garajes y preparar el lecho arropado. En el mío duermen el Jaguar de mi padre y el Chrysler de mi madre y doy una vuelta a la callecita sin salida y los faros de mi coche iluminan el Celica intruso. Hay justo un sitio a su lado, pero no quiero dejar mi coche ahí porque tengo miedo a que se contagie. Marcha atrás durante veinte metros y encuentro sitio a cinco minutos andando de mi casa.

 

 

El terral hace que las alúas salgan del suelo. Los tubos luminosos de la terraza donde estoy se han convertido en quimeras inexpugnables, y miles de bichos voladores se arrean entre sí constantemente. Uno cae en la copa de vino de mi padre pero no se percata porque su vaso de ajoblanco de ocho con veinte plomos está tal y como mi abuela lo preparaba.

      - Al final han dado luz verde al rascacielos catarí – dice mi hermano mayor.

      - Es una buena inversión – le contesta mi padre -; ¿no ves que eso trae gente y dinero?

      - Decían que los cimientos serían un problema.

      - Bah, eso es una payasada. La dársena del puerto soporta eso y más, te lo digo yo que

         conozco a José Manuel.

      - Eso es imposible – contesta mi madre, con su nuevo iPhone atornillado a la oreja       

        mientras habla con mi tía -, porque ayer le dimos tres pastillas.

      - Anoche no pude encontrar un puto sitio para aparcar en casa – dice mi hermano                        

        mayor,  que tiene otro Polo igual que el mio aunque color gris azabache tostado.

      - Han abandonado un coche – digo yo inquieto.

      - Aparte, los cimientos los hizo la empresa de Miguel Ángel, y nosotros bien que dimos el visto

        bueno porque Miguel Ángel siempre hace las cosas bien, y lo conozco desde hace años y es  

        muy cuidadoso – mi padre bebe vino, otra alúa cae en su bollo de pan.

Termino mi revuelto de foie grás con huevo campero, gulas y batatas y pienso en el Celica gris oscuro que han dejado frente a la ventana de mi cuarto. Mi madre, que celebra su santo hoy y por eso hemos hecho el esfuerzo gimnástico de reunirnos para salir a cenar juntos, ha dejado tres cuartas partes de su atún a la vizcaína en el plato y sigue hablando de mi abuela materna con mi tía. El color bronce rosado de su iPhone coincide con el de su iWatch de pulsera de titanio. En cambio, el de mi padre es de acero inoxidable muy reflejante, casi espejo, y le salta una notificación sonora de Whatsapp de su asociado. Me muero por fumarme un cigarrillo pero aquí no puedo. A nuestra derecha hay tres rusos de mediana edad comiendo mucha carne, mucho queso manchego y morcilla, y es la tercera botella de vino que llevan.

      - Bueno, ¿qué tienes pensado para tu regalo de cumple? - me aborda mi padre agarrándome de

         mi iWatch de pulsera de loneta amarillo fosforito mientras chequeo si tengo notificaciones sin

         leer.

      - Yo qué se – contesto y miro a mi madre, que mantiene la conversación telefónica.

      - Pues te queda poco para tus dieciocho tacos, ¿sabes ya lo que vas a hacer con tu vida?

Me tenso y escondo la mirada en el iPhone.

      - No lo sé.

      - Ya vas teniendo edad para aclararte, chaval – mi padre pide otro ajoblanco y la camarera pasa

        de él -. Tu hermano ya metió la cabeza en la empresa.

      - Él sólo ha tenido suerte – contesto a la defensiva y recibo un ligero puñetazo suyo en el brazo.

      - Bueno, pues toma nota de él – Pausa –. Tú ya tenías los Airpods, ¿no?

      - Los perdí en la fiesta de Diana – digo yo mirando a mi madre, que bebe vino mientras habla

        por teléfono con mi tía.

      - ¡Anda, ahora soy yo quien tiene suerte! Ya se mi regalo – y mi padre me guiña.

      - ¡Ni de coña, papá! - mi hermano mayor con su camiseta negra basic de Emporio – Eso lo tenía

         yo pensado desde hace mil.

      - Se siente, mañana mismo me acerco al Corte Inglés.

      - ¿Y ahora qué te regalo yo? - me pregunta mi hermano mayor hundido bajo sus gafas

         redondas. Yo le esquivo la mirada.

      - Hay un coche abandonado – murmuro.

Era miércoles noche en el sótano de juegos de la casa de Fauri, el actual novio de Diana, la de la fiesta. Me encontré allí abajo con algunos compañeros del insti - todos al borde de la mayoría de edad -, chicos y chicas de los que no te percatas de su ausencia pero que sabes que forman parte de la masa gris que conforma tu promoción. Había un fajo de billetes prisioneros bajo el peso de un ron-cola en una de las esquinas de la mesa de billar, donde algunos movían bolas de arriba abajo. Otros simplemente estaban borrachos. Fauri no estaba por allí, tampoco Diana, supuse que andarían arriba en su dormitorio dándole a la nieve. En una esquina hay una máquina arcade que lleva allí desde que Fauri y yo compartíamos clases en preescolar, allá cuando su apellido era Díaz, y siempre que me invita a una de sus fiestas, termino enchufándome largo rato porque la tiene trucada para funcionar sin aflojar manteca. Entonces me sorprendió Rico, uno de mi antigua clase que ha tenido la brillante idea de empezar a estudiar Bellas Artes.

      - Hey, ¿qué tal? - me saludó pero yo no le miré porque la partida me estaba jodiendo las

         muñecas.

      - Bien, tío; ¿estás currando? - pregunto sin apartar los ojos de la pantalla.

      - Claro, quillo, veinticuatro-siete.

      - ¿Ah si? ¿Dónde?

      - Pues de artista.

      - Ah, pero me refiero a que si estás currando... de verdad, que si estás empleado.

La máquina recreativa sólo tiene un juego y va de repartir pizzas a domicilio. En lugar de joystick y botones, tiene el manillar de una moto, y si lo empujas, el personaje al que manejas hace el caballito. Los gráficos son jodidamente pésimos, poligonales, de Playstation uno. Rico iba vestido con una camisa vintage siete tallas más grande, un pañuelo en la cabeza y unas gafitas de cristales coloreados. Entonces agarré un pitillo y éste me ofreció encenderlo.

      - Yo siempre estoy currando, soy artista – me insiste.

      - Ya, bueno, pero no tienes un sueldo mensual, ¿no?

      - Pues no.

      - ¿Entonces de qué vas a vivir?

      - De encargos... no sé, de commissions, becas, o premios que salen. En Instagram se mueve

        mucho, ¿eh?

      - ¿Y cuánto pillas?

      - Depende.

      - Bueno, así en general.

      - Pues entre trescientos, o cien... o a veces las becas son de mil o dos mil plomos, ¿eh?

Le miré con condescendencia y abandoné la máquina en mitad de una partida porque no quería hablar más con él. Me terminé el cubata mirando los stories de Gonzalo, que estaba en una macrofiesta en el sótano de juegos de la casa de Alex, y de repente me empujaron porque se armó mucho revuelo en el jardín, y todos salieron armados con sus iPhones y Xiaomis y en la piscina había follón. Una fila de colegas del insti grababan con sus móviles a Diana chapoteando en la piscina, vestida con el traje de novia de su madre de anchísimas hombreras y la cola y la falda dibujaban una aureola en torno a ella. Estaba muy perjudicada, reía como loca, seguramente de mezclar colocones, y Fauri nos suplicó que no subiéramos nada a las redes sociales porque si los picoletos veían la fiesta con tanta peña sin mascarilla se volverían a presentar allí y sus padres, que estaban de viaje por lo de las Picasso Towers estas, terminarían enterándose. Entonces Diana echó la papilla allí mismo en mitad del agua, y todos nos reíamos, y los que se estaban bañando con ella salieron de la piscina, y Alina nos pidió que no grabásemos. No ya por los picoletos, sino porque Diana tenía muchos partnerships online - un story así podría arruinarlos -, la mayoría a base de try-on bikini hauls con muchas visitas en Youtube y TikTok, especialmente ahora que se había operado los pechos en Brasil. A veces los graba junto a Moraima y Alina, sus besties además de influencers, y tienen ya muchos followers que les mandan regalos de su wishlist de Amazon Prime, sobretodo bikinis y tacones. Un día nos pusimos a buscar en Facebook a uno de sus más allegados simps y era un viejo casado que tenía hijos de nuestra edad.

 

Entonces Diana se puso peor y entre algunos la sacaron de la piscina y llamaron al uno-uno-dos porque estaba pálida y temblaba mucho y empezaba a salivar densamente. Yo me fui a fumar otro pitillo, pero me habían pinchado el mechero, otra vez. Entonces, el Gordo me pasó un canuto. Alguien tiró a Moraima a la piscina de un empujón, y ésta cayó cerca de la papilla de Diana que flotaba como marisma errante, y se puso a chillar como loca mientras se ahogaba, y unos vecinos nos gritaron. Cuando llegó la ambulancia, envolvieron a Diana en ese plástico de chocolatina con el que suelen tapar a los negros de las pateras, y en la camilla le pincharon un suero y se la iban a llevar al hospital de verdad, entonces me balbuceó que le enchufara a la Nathy Peluso y saqué mis Airpods del bolsillo de mi pantalón y los sincronicé por bluetooth al Spotify Premium de Diana, y entonces me dijo que quería a la Bad Gyal y el enfermero nos echó y salieron cagando leches con las sirenas bañando los porches de las casas del Atabal. Busqué a Fauri para decirle que se habían llevado a su novia, pero estaba demasiado ofuscado con algunos colegas porque habían subido stories a Instagram, pero ellos le replicaron que no se rallase que los stories tan sólo duraban un día. Esas palabras me perturbaron tanto que dejé lo que estaba haciendo y salí corriendo de la fiesta.

 

 

Estoy frente al Celica abandonado a las dos menos cuarto de la madrugada porque no puedo dormir. Los niñatos pequeños de mis vecinos se han dedicado a tirarle huevos y a dibujar pollas en el polvo acumulado sobre los cristales (también hay un Rick, de Rick y Morty). Algo me inquieta y no sé qué. Me empiezo a rallar mucho y tengo mono de porros, pero no tengo así que saco el iPhone y chequeo las redes sociales por si tuviera notificaciones o DMs sin leer. Me aseguro de que no hay nadie a la vista y me acerco a la ventanilla del conductor, es difícil ver a través de toda la mierda, pero puedo ver el destripe de la radio y sus intestinos cobrizos colgar. También hay una disuasoria pegatina de alarma antirobo, pero no pita y toco la maneta y el coche está abierto. Del interior se fuga una fragancia ajena, el olor de otra persona, de otra vida olvidada y contenida dentro de una sombra; y eso es lo que me asusta.

 

 

      - ¿Te has enterado de que han violado a la chica esta que estaba en el B? La ex de Diván.

      - Me lo dijo mi bro, tío – contesto -. Oye, ¿sigues pillándole?

      - Que va, la última vez me la metió doblada con una puta mierda que apenas tenía hype.

      - Pues vaya cabronazo.

      - Sí que es un buen cabronazo.

Pausa. Me enciendo un cigarrillo aguantando el iPhone con el hombro.

      - Oye, ¿y sabes cómo está la chica? - pregunto.

      - Pues supongo que jodida – escucho un bostezo al otro lado del auricular -. Hablé con ella por

         DM de Instagram hará un mes así, porque subió unos stories con unas Balenciaga to guapas

         que sus padres le habían pillado; pero luego me confesó que había sido con su panoja porque

         acababa de cumplir los dieciocho y podía cobrar el dinero del OnlyFans directamente en su

         cuenta sin que sus padres se coscaran.

      - Ostia... - digo fumando.

      - Sus padres la han enviado a su apartamento de San Pedro.

      - Ahí fue donde pillamos el Covid, ¿no? ¿Ese que tenía gym y piscina cubierta?

      - Ese.

      - Qué cabrones con suerte.

      - Suerte y dinero.

 

En mi casa todos duermen y me voy al salón para poner el aire acondicionado y ver unos directos de Twitch en la tele grande, la de cuarenta y siete pulgadas, ya que el streamer al que sigo acaba de subir un nuevo directo, que me he perdido porque estaba de colocón, en el que reacciona a los directos de otro streamer que eyacula en mitad de la calle y la policía le multa pero tiene tantos partnerships que se la suda y ya lo ha hecho varias veces. Inesperadamente me encuentro con la sesión abierta de mi padre en la cuenta de la smart tv y veo que ha estado entretenido con los tiktoks. Ahora le ha dado por abrirse uno - será para no parecer un viejo cuarentón – donde muestra su colección de coches deportivos de los noventa que guarda en el garaje de Esteban y que mezcla con canciones del grupo este que tanto le gusta de los ochenta... ¿Cómo era...? Sí, el que tenía el cantante este... que era un mariconazo... Ah, coño, sí; el Culture Club. No entiendo cómo le puede gustar ese grupo a mi padre. Por curiosidad, echo un vistazo a su feed y me da mucha vergüenza ajena porque sólo sube boomerangs y ni siquiera deja el rugir de los coches, que es lo importante, porque ha puesto su música carca encima. También veo su historial de búsquedas, por curiosidad, y todo son perfiles de niñatillas bailando en bikini, o cantando, o haciendo challenges en bikini, y no conozco a ninguna a excepción de una tal Rosi que me doy cuenta de que es la hija pequeña de los vecinos dos números calle abajo, esos que tienen un Audi gris marengo y siempre están chillándose.

 

 

Cleo ha vuelto por vacaciones y la tengo sentada delante mirando su iPhone XS mientras me cuenta su experiencia por Barna. Se ha decolorado algunos mechones y ha venido con un nuevo tatuaje en el cuello, ya curado, que reza “Made in Marbella. 2002®”. Por lo visto no le ha gustado nada a su padrastro que la ha castigado sin paga, pero ella me dice que quiere hacerse otro en la cara y que allí en Barna es tendencia y todos tienen uno y no entiende cómo aquí abajo seguimos siendo tan cazurros. Aunque no puede quejarse de su padrastro porque fue quien le pagó la matrícula y la estancia para estudiar moda lejos de Andalucía. Ahora me está contando que él está molesto porque en uno de sus apartahoteles del casco histórico unos hooligans han dejado el piso patas arriba.

      - Y se han mangado el rúter, tú. El puto rúter, tú – me dice con su voz grave y dejada -. El socio

        de mi viejo le dijo que tranqui, que se lo había alquilado a un matrimonio de guiris que

        parecían decentes, tú. No te puedes fiar de los putos guiris... - me dice.

      - Asco de guiris, tú.

      - ¿Verdad? Vienen aquí a destrozarlo todo y a beber sangría, y el puto alcalde les abre las           

         puertas de par en par, ¡y no pasa nada, tú!

      - Asco de alcalde, tú.

Ella mira las redes sociales saltando de app en app, por si tuviera alguna notificación no leída. Le da vueltas a su yogur helado con toppings de cookie, muy derretido y lacrimoso, dejando un charco de azúcar en torno al vaso de cartón. Entonces se levanta a pedir unas patatas fritas y me fijo en que le ha engordado el culo, demasiado, y la comparo con el cuerpo fitness de Diana, Alina o Moraima. Como se ha pasado el primer año de carrera de fiesta perpetua allí arriba – deduzco gracias a mi stalkeo por sus stories -, no habrá pisado un gym ni de coña, y ahora se le nota porque con el terral vamos todos ligeros de ropa. De hecho, ya me olía algo, llevaba mucho tiempo sin subir ningún post ni story mostrando su cuerpo, cosa normal antes de pirarse. Creo que tiene un problema de autoestima porque le comenté algo al respecto y se ralló tela.

      - Buá, tú, me han costado sólo un chavo. Cómo echaba de menos mi tierra, tú – vuelve

         sonriente.

      - ¿Cuánto cuestan allí? - digo mientras me enciendo un cigarrillo y chequeo mis DMs en el

         iPhone.

      - Dos y algo, creo. Yo que sé, tú, es que allí no suelo comer de esto.

      - ¿Y eso?

      - Me he hecho vegana, tú.

      - Buf, ¿tú también?

      - Sí, tú. Es lo mejor; además allí en Barna es tendenca y todos son veganos y no entiendo cómo

        aquí abajo seguís siendo tan cazurros, tú. Para empezar, no hay...

      - Perdona, chico, pero ya no se puede fumar en terraza – nos interrumpe un pavo tan joven

        como nosotros con uniforme grasiento y un mocho en la mano.

Pausa. Dejo el cigarrillo apagado en el papel del Triple CheeseBacon, que me viene larga. Pero por seis plomos, no puedo quejarme. Además viene con bebida y patatas, ¿para qué necesito gastar más en comer?

      - Pues eso, tú, que para empezar aquí no hay restaurantes veganos, y todo son cadenas de

        fastfood o garitos carcas donde sólo ponen carne o pescado. Ahora estoy siguiendo a varios

        instagrammers realfooders que recomiendan qué alimentos comer, qué sitios son cool, qué

        tipo de dieta según tu grupo sanguíneo y qué productos son cancerígenos, ¡cosas que hay en

        cualquier súper, tú!

Yo sigo comiendo y como el empleado del mocho se ha ido a atender en caja a un grupo de alemanes veinteañeros un poco colocados, vuelvo a encender el cigarrillo. Me fijo en Cleo sin escucharla, aprovechando que mira su iPhone; se ha puesto demasiado morena de piel y ya no me mola tanto. Supongo que las playas de allí son buen remedio antiresaca, y sobre su piel se puede leer la vida nocturna que ha llevado. En realidad, el centro de mis ralladas lo ocupa saber de qué rollo viene ésta, porque lo dejamos antes de irse a Barna pero en su fiesta de despedida en casa de Fauri nos volvimos a liar.

      - Y no veas si se nos fue la flapa esa noche en Barna, tú, estabamos muy hype y reventamos los

        vasos del apartahotel contra las paredes, y luego nos hicimos cortes en los pies porque el

        dueño nos pidió que dejásemos los zapatos en la entrada y estaba el suelo llenísimo de

        cristales. Nos piramos sin recoger nada, tú, qué asco toda la sangre ahí por todos lados,

        además de peña que no conocía de nada, tú.

      - Nove, tú, qué asco. A saber si tenían algo.

      - Ya ves, tú. Es que ya te digo que las fiestas de allí no tienen nada que ver, súbete unas

        semanas, tengo sitio en mi ático, y al casero no creo que le importe, tú.

      - Perdona, chico, pero ya te he dicho antes que no se puede fumar en la terraza.

 

 

Mi hermano mayor entra en mi cuarto y me despierta a las doce del mediodía. Me pregunta si he respondido al mail que me enviaron los de la empresa de mi padre, y le contesto que no con la cabeza mientras remoloneo en mi colchón y me tapo con la sábana hasta las orejas porque han encendido el aire acondicionado centralizado y tengo frío. Se acerca y puedo oler su loción antiedad, con su barbita pelirroja cuidadosamente recortada al milímetro y sus nuevas gafas de ver redondas Persol. Le respondo legañoso que todavía no sé qué voy a hacer, que no lo tengo claro y que me deje dormir.

      - Pues sólo tienes un par de días para aclararte, pichita – me insiste y tira de mi sábana con

         fuerza y me da mucho coraje.

      - ¡Déjame!

Se sienta al borde de mi cama y veo por el rabillo del ojo la nueva correa de titanio de su AppleWatch.

      - El sábado nos tienes que decir sí o no, que se cierra el briefing. Te preguntaré cuando soples

        las velas.

      - ¡Que sí, tío! - le digo con la cabeza hundida en mi almohada.

      - ¿Te has enterado de que a la prima Candela la han metido en una clínica de anorexia? Está en

         Calahonda.

Pausa. Mi padre ha puesto su música rancia de los ochenta y retumba en mi cuarto.

 

 

Me pavoneo con mi nuevo polo blanco de Nike estilo retro, edición exclusiva André Agassi mil novecientos ochenta y ocho, con el cuello subido y la fina cadena de oro blanco de mi abuelo al cuello. Camino seguro escondiendo la resaca bajo mis Hawkers de lentes tintadas tonalidad sangre de buey, por los pasillos del centro comercial La Cañada porque es el único sitio donde hay una Apple Store. Resulta que he venido a recoger mi regalo de cumpleaños, porque mi padre quería pillarme unos AirPods Pro con una skin metalizada que aún no han salido a la venta aquí y tenía que recogerlos en la tienda oficial. La verdad, suele ser bastante impaciente y no ha podido esperarse al sábado para dármelos en el cumple, aunque también es porque está liado con el curro y no puede acercarse a Marbella. El empleado de Apple que me ha atendido, un chaval de mi edad mal afeitado, me ha deseado feliz cumpleaños siguiendo las instrucciones que le habían encomendado. Una vez en el Aston-Martin Virage del noventa y tres de mi padre, el cual me ha ordenado recoger de la nave de Esteban porque me pillaba de camino - quiere enseñarselo a un empresario catarí que viene a ver cómo va el proyecto -, y confiando en mis habilidades de conducción pese a tener el carné desde hace un mes, voy a por Germán que está por la zona. Éste se fuma un canuto desde la ventanilla abierta porque no quiero que la tapicería de cuero del Aston-Martin provoque futuras discordias entre mi padre y yo. Nos paseamos varias veces por Puerto Banús para vacilarle a los pijos guiris, apartándolos de la calzada con ligeros topetazos con el morro del deportivo, pero como llevamos gafas de sol nos hacemos los tontos, como si no fuera con nosotros.

 

Entonces nos encontramos con un Ferrari Testarrosa rojo totalmente parado delante nuestra, y unas adolescentes que hablan italiano se hacen unas stories con el dueño del coche, que les ha dejado subirse, y que también aparece en las fotos. Es un viejo arrugado muy moreno de piel, tirando a naranja Cheeto, con el pelo blanco y bermudas rosas con pinzas. Agarra a una de las chicas de la cintura y luego echa el otro brazo por los hombros desnudos de la otra italiana. Pito y todos se giran, pero se hacen unas cuantas fotos más y resulta que el Aston Martin Visage del noventa y tres no les parece interesante y prefieren el puto Ferrari de ese viejo de queso. Le damos un par de vueltas más a Puerto Banús y cuando nos cansamos, dejamos el Aston-Martin en doble fila sobre un carril bici porque se nos ha antojado un helado en un sitio al que mis padres me llevaban de niño y siempre me pedía el mismo, pero no lo he encontrado en el mostrador porque dicen que los dueños cambiaron y ya no hacen los mismos sabores.

      - ¿Vas a venir a mi cumple? - le pregunto mientras nos sirven el helado en la terraza, donde

         nadie habla nuestro idoma.

      - No lo sé, tío – me contesta Germán con su polo de Ralph Lauren donde se lee BE THE ENERGY

         YOU WANT TO ATTRACT.

      - Venga, si va a venir toda la crew. Tenía pensado además ir después a la dj session de Chico

         Raro, que me ha dicho Diván que ha pedido una burrada de alcohol y de lo que no es alcohol –

         le guiño y tomo una cucharada –. Ese no llega a los treinta.

      - Es que con las pastillas antidepresivas no puedo beber. Y paso de ir si no puedo probar gota,

         tío – se ajusta sus Arnettes -. Ya en noviembre cuando cumpla los dieciocho nos pondremos al

         día. Además ya estaré currando en la empresa de mi madre.

      - Buf, el futuro... no me apetece nada.

Chequeo si tengo algún DM sin contestar en Instagram y luego hago un boomerang del helado con el último filtro que he pescado – bon vivant dreamin' - y lo etiqueto con la ubicación en la que estoy, Marbella, y luego me hago un selfie y dejo el helado a la mitad porque el sabor que me han recomendado es una puta mierda. Nos montamos en el Aston-Martin después de meternos unos tiritos nevados, y conduzco por la nacional-trescientoscuarenta a toda pastilla con uno de los CDs anticuados de mi padre a todo trapo de los Pet Shop Boys que había dentro de la radio Blaupunkt, porque como no dispone de pantalla táctil, no tenemos ni puta idea de cómo manejarla y sacar el disco, y prefiero ir por esta carretera porque por la autovía de pago no veo el mar de cerca y siempre está desierta, y aquí hay muchísimas curvas cerradas que dan al mar y las tomo a gran velocidad derrapando, y en algunas se me va el coche, y nos sangra la nariz, y estamos bastante hypeados, y echo a los plastas del carril izquierdo con las luces largas y pegándome muchísimo, y me pitan los radares de los putos picoletos, y de vez en cuando me encuentro con algún dominguero picón con un Seat Ibiza de mierda que pretende echarme un pulso.

 

Cleo y yo vamos en mi Polo gris ceniza calcinada y aparcamos en un hueco de la callecita de nuestro barrio. Ella está muy concentrada en responder a un DM en Instagram de un tío que por su feed es evidentemente un follógrafo cum laude y quiere echarle una sesión en el cementerio de San Rafael. Espero a que termine de escribirle mientras me fumo un canuto y chequeo si tengo notificaciones sin leer. Nos finiquitamos la maría sentados en el bordillo de la callecita y ella se percata del Celica abandonado.

      - ¿Qué haces, tú? - le pregunto angustiado al verla acercarse al coche.

      - Me has dicho que está abierto, ¿no?

      - Ni de blas, tú – contesto tajante porque la conozco y mis pulsaciones empiezan a subir.

Ella no me hace caso y abre la puerta del copiloto sin vacile y se mete dentro con la risa floja de la maría. Yo no quiero que la mugre y la miseria se la trague y, ansioso, abro la puerta del conductor y le ordeno que salga ya. Ella ha puesto sus Balenciaga sobre el salpicadero y ha echado el asiento hacia detrás y da golpecitos en el techo con sus nudillos repletos de anillos murmurando el último tema de Bad Bunny. El corazón me va a mil por hora y decido seguirle la corriente esperando a que se canse rápido y nos vayamos de allí. Hinco una rodilla en el asiento deportivo del conductor, el hedor del antiguo dueño, de la antigua vida, me abofetea y despierta pesadillas. Entonces escucho a un vecino salir al porche, y para que no me reconozca me meto dentro con un portazo. Cleo se está partiendo y toca las tripas de la radio robada. Abre la guantera y encuentra una caja con bombillitas y un libro de polipiel con muchos papeles dentro que ella deja caer al suelo, entonces me doy cuenta de que la mugre ya la ha contagiado y tiene los dedos negros. Empiezo a sudar mucho y el cuello del polo de Lacoste está muy mojado y tengo el ansia de mirar si tengo notificaciones sin leer en TikTok pero el asiento deportivo me ha chupado el culo y no puedo sacar el iPhone del bolsillo de mis pantalones de Polo.

      - ¿Tu viejo no coleccionaba sportscars vintage, tú? - me pregunta.

      - Sí... - digo nervioso – pero es-ste no.

      - ¿Y eso, tú? Si está cool.

Ella sigue tocando cosas del salpicadero y cada vez tiene más mierda en las manos y eso me acojona seriamente. Una culebra acaricia mis rodillas y doy un grito y Cleo se parte la caja porque son unos cables pelados colgando bajo el volante. Le digo que me quiero ir y no me hace caso. Entonces ella se me acerca y me agarra la entrepierna y empieza a lamerme el cuello y se que estoy sudando y que no debe de ser agradable chupar un cuello mojado. La beso forzadamente por compromiso y ella se sube encima mia y está húmeda y escucho los amortiguadores crujir. Me rodea con sus manos pero se las quito violentamente porque tienen la mugre del coche y no quiero que me contagie con ellas. Entonces me doy cuenta de qué es lo que despierta este coche, aquello que me lleva persiguiendo conforme me acercaba a la mayoría de edad, y de repente me siento absolutamente estafado. Pretendo aferrarme a algo fijo en mi cabeza porque estoy sintiendo mucho vértigo, pero todo son mentiras que se desmoronan y me deslizo y escurro y nada puede evitar que no me sienta engañado.

      - ¿Llevas hidrogel en el bolso? - pregunto.

 

Aunque sean las dos y diez de la madrugada, mi padre tiene puesta la música a toda pastilla y suena la misma canción requemada que lleva escuchando desde hace treinta años de Tears for Fears – su grupo fetiche -, en la app de Youtube Premium en la smart tv. Mi padre no se percata de que acabo de entrar en casa con Cleo, baila al ritmo del videoclip donde sale un croma muy cutre. Seguramente mi madre se encuentre totalmente groggy en el dormitorio por su regular medicación de antidepresivos y sus pastillas del estrés y de la ansiedad, y mi hermano mayor creí escucharle decir que esta noche estaba en una fiesta nevada en Guadalmar. Así que subimos al piso de arriba y tiro de Cleo hacia mi cuarto de baño, le lavo las manos con tres jabones diferentes hasta que vuelven a ser blancas y la temporalidad ya no está. Coloco con seguridad el tapón del lavabo y nos metemos en mi cama. La música del salón retumba y mi padre vuelve a poner la canción desde el principio y me doy cuenta de que debe de estar muy colocado. Ella se ríe y se quita el top de Nike que lleva y descubro un nuevo tattoo en la clavícula derecha: un símbolo de infinito con el nombre de su perro, Simba, que el año pasado lo atropelló un rider de Uber Eats.

Me insiste y me tumba en la cama, siento el peso de su cuerpo y pienso en que le ha engordado el culo y que por qué no habrá ido más al gym en lugar de tanta puta fiesta, y así no tendría tantos problemas con su imagen. Estoy empalmado pero cuando nos desnudamos y me atosiga el hecho de tener que follarmela, se me baja súbitamente. Quiero chequear si tengo notificaciones sin leer en mi Instagram, pero ella está encima mía y no puedo. Saco a regañadientes los condones de la mesita de noche pero es tocar el látex con mi glande y todo se me esconde cual cabeza de tortuga. Cleo me dice que ha de ser así porque no ha vuelto a tomarse las pastillas anticonceptivas desde que se hizo vegana, y yo me cago en el puto veganismo.

      - Pues no se me levanta, tú – sentencio derrotado pero con orgullo.

      - Puedes decirme si hay algún problema, tú; hay confianza.

      - Nah, es solo que no me siento chill con esto.

Estoy a punto de decirle que es porque le ha engordado el culo pero entonces me abruma el deseo de fotografiarla tal y como está. Agarro el iPhone con triple objetivo, silencio unas notificaciones de chats sin leer, y ella me obedece y le saco fotos, aunque me molesta ligeramente que se haya bronceado con un bañador high cut retro porque la marca en la piel no coincide con la del tanga de Louis Vuitton que lleva puesto. Aún así, le saco una ráfaga de fotos, el iPhone corrige la falta de luminosidad en segundos - me gustaría que corrigiese otras cosas -, le pido que se dé la vuelta y ella se torna insegura, pero al insistirle me obedece y me enseña su culo engordado y veo que tiene indicios de celulitis y me repulsa y al final no le hago ninguna foto y le digo que se siente en la cama y sigo echándole ráfagas y al final me tranquiliza mucho verla guardada en la galería de fotos de mi iPhone y se me pone bastante dura, pero ella se ha rallado (probablemente por su imagen) y quiere irse a su casa. Me quedo solo, desnudo y empinado en mi cama mientras la escucho bajar por las escaleras de casa, donde se cruza con mi padre que le pregunta a viva voz que qué tal los estudios en Barna, que cuándo ha vuelto, y que le diga a su padrastro que tienen pendiente una revancha de squash en el Club Mediterráneo. La escucho salir por la verja del jardín y caminar los veinte metros que separan su casa de la mía. Después de chequear si tengo notificaciones sin leer, me masturbo viendo las fotos de Cleo, luego posts antiguos en su Instagram y en su TikTok, y termino viendo porno POV desde mi iPhone.

 

 

Unos holandeses muy, muy colocados están gritando y llevan vasos vacíos con delatora espuma en el fondo. La toman con la escultura de Picasso y empiezan a darle tortazos, gritan y ríen, y entonces el más rubio de ellos se sube en el banco donde está el monumento en cuestión y le mea sobre la cabecita de bronce. Otro de ellos lo imita disparando al árbol más cercano. Todos los que estamos en la Plaza de la Merced les miramos en silencio, algunos suben stories. Entonces tres de la secreta los interceptan, y uno de ellos aún no se ha guardado la churra, y cuando aparece un coche de la policía, los guiris empiezan a gritar Libertad, libertad. El silencio en la terraza donde estoy sentado con mi crew se rompe cuando Alina empieza a reír después de haber subido el acontecimiento a TikTok y sus followers le están respondiendo cosas muy cachondas. Entonces aparece la camarera a la que le hemos pedido, una chica un par de meses más mayor que nosotros, y en lugar de traernos los copazos, nos pide el DNI, y yo le digo que cumplo mañana pero Cleo, Alina, Fauri y Germán son todavía demasiado nuevos y fingen no llevarlo encima. Cuando la camarera nos despacha, pasamos por delante de la estatua profanada de aquel que puso a Málaga en el mapa y un chico de nuestra edad de Limasa lo está limpiando con una manguera.

 

 

Echo de menos a mis abuelos paternos, de vez en cuando me vienen recuerdos de cuando era un crío y pasaba los veranos con ellos. Siempre se me regurgita el mismo momento, en su casa en La Colina, cuando mi abuelo me compraba el mismo helado todos los días, y luego yo acompañaba a mi abuela en su habitual paseo por la playa de Torremolinos, donde veíamos juntos el atardecer. Una noche, tras el paseo, yo me entretuve mirando una alúa que había en el patio de su bloque cuando ella siguió caminando en dirección al portal. No había nadie, la noche era cerrada y vi cómo aparecía una vecina con un perro enorme, tan negro como el cielo. El chucho comenzó a correr hacia mi abuela porque la dueña lo llevaba sin correa, vi cómo se acercaba poco a poco hacia ella sin que se percatase, y cuando lo tenía a escasos centímetros, mi abuela se giró y chilló del susto. El sonido que emitió su garganta se me quedó grabado a fuego, aunque en aquel momento me reí mucho porque me pareció cómico el momento. La dueña llamó al perro y mi abuela se quedó petrificada con la mano en el pecho del susto, enfurecida y me dijo que aquello no era divertido. El recuerdo volvió a mi y se hizo persistente cuando a mi abuela le diagnosticaron leucemia poco tiempo después, y mi padre nos decía a mi hermano y a mi que la abuela estaba “malita” pero que se recuperaría, y que había que darle muchos besos, y yo sólo veía a aquel perro negro abalanzarse sobre ella, como una oscuridad vaticinadora de la que no le advertí. Su muerte lenta y dolorosa me era indivisible de aquel recuerdo, y ella era consciente de que poco le quedaba ya entre nosotros, y la veía cada vez más calva, y yo dejé de visitarla porque me sentía muy culpable de no haberla avisado aquella noche.

 

Cuando murió, mi padre y mis tíos decidieron mandar a mi abuelo a una residencia de ancianos porque temían que la soledad lo volviera loco, aprovechando a su vez que los asociados de la empresa de mi padre estaban buscando apartamentos turísticos para un fondo de inversión de un banco alemán. El día de la mudanza, mi abuelo no se quitó sus gafas de sol ni mencionó palabra alguna, porque no quería irse de allí. La abuela y él compraron el apartamento cuando se construyó el complejo, allá cuando tenían mi edad, después de haber estado trabajando día y noche, uno picando piedra de obra en obra, la otra limpiando y adecentando sábanas en la oleada de hoteles que estaba trayendo la marea. Cuando mi tía se llevó en coche a mi abuelo para darle un paseo, me quedé con mi padre, mi hermano mayor, y mis tíos, y entre ellos destrozaron todos los muebles antiguos de madera que habían sacado de casa de mis abuelos, los hicieron trizas con los viejos palos de golf de mi padre, y todo terminó en el contenedor de la basura, sólo se repartieron las joyas y las fotos. Después, solíamos visitar a menudo a mi abuelo en la residencia y siempre lo recuerdo con sus gafas de sol, ya torcidas, mirando por la ventana del patio, y cuando le diagnosticaron Alzheimer, mis padres dejaron de visitarlo porque según ellos ya había dejado de ser el abuelo. Yo no entendía cómo una persona podía dejar de serlo, y no volví a saber nada más de él hasta que el año pasado mi padre me mandó un audio de WhatsApp de siete minutos donde me explicaba que había habido un brote de covid en la residencia y que el abuelo había muerto.

 

 

Me despierto el sábado y ya tengo los dieciocho. Hay silencio en la casa y tengo el iPhone seco de batería, lo pongo a cargar. Salto de la cama perezoso pero con mucha energía mental, un flujo de sentimientos encontrados se abren paso por mis arterias y me siento excitado aunque extraño. Descubro el dormitorio de mis padres vacío, con la cama hecha. Abajo, en el salón, mi padre duerme en gayumbos en el sofá de cuero, con la smart tv encendida y su cuenta de Youtube Premium abierta, me fijo en su bronceado cercano al Cheeto, y su pelo teñido de caoba. Su respiración es profunda, lenta, el sol que se cuela por los ventanales no parece disturbar su descanso. En la cocina, abro la nevera y como Maite, la asistenta latina que se ocupa de la casa, no ha preparado el desayuno porque es sábado - y como desconozco el funcionamiento de la tostadora y de la cafetera -, sólo encuentro un bioyogur eco de pasas con nueces, y me siento en pantalones cortos de pijama a comérmelo. El vecindario está en calma y sólo repiquetea el sonido de mi cuchara sobre el yogur, apartando las pasas fuera del recipiente y dejando goterones sobre la encimera de pizarra rayada. Entonces escucho a alguien bajar por las escaleras precipitadamente y es mi hermano mayor, ya vestido y muy aseado, puedo oler su crema antiedad, me ve y frena violentamente señalándome con el índice. Se acerca y me da una colleja amistosa y me achucha contra él y yo lo agradezco.

      - Esta noche tú y yo tenemos un asunto pendiente, pichita – dice -. No te vas a escapar.

      - Lo sé... - digo espurgando las nueces.

      - ¿Te aclaras ya o no? - entonces vacila - Bueno, te prometí que no te preguntaría hasta después

         de las velas; pero te digo que no seas huevón porque hay una cola de peña esperando para

         entrar en la empresa, especialmente ahora que Antonio Banderas está avalando nuestros 

         proyectos.

Entonces se da media vuelta, sale de la cocina y coge las llaves de su Polo gris azabache tostado de la mesita del recibidor.

      - ¿A dónde vas? - pregunto preocupado.

      - Ehh... - me mira extrañado – Con Marina a una pizzería de Cabopino, ¿por?

      - ¿Y mamá? ¿Sabes dónde está?

      - Creo... creo que ha habido un problema con su empresa, una movida o algo así. Yo que sé, ya

         te contará ella cuando vuelva.

      - ¿Cuándo?

      - Yo que sé, tío. Hasta luego.

Y mi hermano abre la puerta y se va. Yo me quedo allí solo, mirando el yogur que ya no me apetece. Lo dejo en la encimera tal cual y subo a mi cuarto, con mucho calor. Del baño de arriba repta una masa húmeda caliente y una pestilencia a la colonia One Million de Paco Rabanne con la que mi hermano se perfuma. Vuelvo a mi cama, el iPhone ya tiene una carga mínima para encenderse e invierto cuarenta y cinco minutos en contestar cada una de las felicitaciones que me han enviado por Instagram, TikTok, WhatsApp, Facebook, Twitter y Telegram. La mayoría adjuntan alguna foto donde aparezco en mitad de una discoteca con alguien, o de borrachera en un botellón, o la foto está demasiado borrosa para saber dónde estaba. Entonces, me detengo en la que me ha enviado Cleo, bastante antigua, donde salimos juntos en el colegio, disfrazados para una obra de teatro infantil de Les Misérables. Me da mucha ternura vernos tan de críos, y acerco la foto hasta que mi cara ocupa todo el ancho de la pantalla, y aunque mi mirada infantil esté pixelada, consigue abrir los grifos internos y rompo a llorar, de golpe, sollozo y derramo mucho y quiero comprobar si tengo más notificaciones sin leer pero he perdido la fuerza y mi cuerpo se contrae en cada llanto. Entonces siento el irrefrenable deseo de ver a Cleo, no a través de las redes sociales, sino en persona, de manipularla con mis manos, comprobar que es real, y me pongo una camiseta que tengo arrugada por ahí y las Nike Cortez que me compré la semana pasada, y bajo por las escaleras sin mirarme al espejo cuando descubro a mi padre en la cocina, comiéndose otro bioyogur eco de pasas y nueces.

      - Eh, campeón – me dice mientras chequea con su iPhone si tiene mails sin leer.

      - Hola, papá – le digo disimulando mi estridente traqueteo.

      - ¿Sabes dónde está mamá? La he llamado pero no me lo coge, me sale que está hablando por

         teléfono.

      - En el trabajo creo... no lo sé.

      - Ah... - con su cuchara espurga las pasas del bioyogur sin mirarme, y se precipitan sobre la

         encimera.

Cojo las llaves de casa y mi padre me intercepta.

      - ¿A dónde vas?

      - A casa de Cleo.

      - ¿Vuelves?

      - Sí, claro.

      - Okey. Dile a su padrastro que tenemos una revancha pendiente – y deja el bioyogur a la mitad

         al lado del mío.

En el exterior, hay una solera que me resulta ofensiva, la camiseta empieza a incomodarme desde el primer segundo, y salgo a la callecita y todo está tranquilo, paseo veinte metros calle abajo hasta el número doce, donde vive Cleo. Pulso el porterillo de la puerta del jardín y me contesta Fátima, su asistenta del hogar a la cual le pregunto y me informa de que la señorita Cleo ha pasado la noche en casa de la señorita Diana. No contesto y vuelvo a caminar calle arriba de vuelta a casa, unos destellos se dibujan al final y me cautivan tanto que quiero acercarme. Hay dos chicos muy jóvenes con uniformes reflectantes y una grúa del ayuntamiento. Se suben en la cabina del camión, donde les espera un señor mayor sin mascarilla y me tengo que apartar de la carretera porque arrancan en mi dirección, y cuando la grúa pasa por mi lado un golpe en el corazón me alcanza hondo, porque llevan arrastrando detrás el Celica gris oscuro abandonado. Al pasarme me llega un disparo de la fragancia polvorienta del interior, tiene una ventanilla reventada, y me fijo en que le han puesto encima del pequeño alerón trasero una luz roja con otra matrícula diferente, como si el Celica ya hubiera dejado de ser un coche. Hay una mancha de aceite en la plaza que estaba ocupando y un vecino aparca encima su Mercedes Clase E gris rescoldo. Me giro y observo a la grúa salir de mi callecita y al doblar la esquina, en la lejanía, el Celica parece una sombra oscura a la que no volveré a ver jamás, y eso termina por tranquilizarme.